¿Conocen la historia de la chica que siempre estuvo enamorada de su mejor amigo y al final él se da cuenta que también la ama y son felices por siempre?¿Si? Pues esta no es una historia similar…
Desde que tengo memoria he estado enamorada de David, nuestras mamás fueron mejores amigas en la universidad y eventualmente nosotros también lo fuimos. Supe que estaba enamorada de él desde el jardín de niños y con el paso de los años, mis sentimientos por él se intensificaron, aunque él parecía no notarlo, supuse que sería cuestión de esperar, después de todo, los niños tardaban más tiempo en desarrollar la atracción hacia las niñas. Pese a su nulo interés en mí como novia potencial, nunca me di por vencida, sabía que estábamos destinados el uno para el otro aunque él no lo supiera.
Pasábamos prácticamente todo el día juntos, dentro y fuera del colegio, en vacaciones y fines de semana. No teníamos ningún secreto, salvo claro mi desesperado deseo por que fuéramos novios. David siempre fue como un libro abierto para mi, podía leer sus expresiones, gestos y hasta pensamientos sin que fueran necesarias las palabras. Y para maldita la cosa, nunca encontré el capítulo donde me declaraba su amor.
Estuvimos juntos en nuestros mejores y peores momentos, cuando descubrimos que Santa no existía, el día que sus padres se divorciaron, cuando murió mi gato. Lo cuidé cuando se rompió la pierna y el se quedaba conmigo a ver películas cuando los cólicos no me daban cuartel. Esperé pacientemente a que terminara con Raquel, su insípida novia con la duró dos años y medio, la odié desde el día que la conoció en el centro comercial, pero ese odio desapareció el día que terminaron. David estaba tan deprimido que nos emborrachamos con tequila para que ahogara sus penas y olvidara a la bruja de su exnovia.
Entre trago y trago, su vulnerabilidad salió a flote y en un impulso causado por el despecho me besó. Finalmente mis sueños se cumplían. ¡Gracias, Raquel!, pensé. Nos besamos una y otra vez, con una perfecta sincronización, como si lo hubiéramos hecho desde siempre. Sabía que mi amigo estaba ebrio y que probablemente al día siguiente se arrepentiría, pero no me importó, confiaba en que podría ser la medicina que le quitara la depresión, el clavo que sacaría a Raquel para siempre y que el destino de estar juntos al fin se cumpliría.
Admito que me aproveché de su situación, lo llevé hasta mi habitación, caímos en la cama fundidos en un abrazo, pero antes de que pudiéramos concretar el anhelado acto de amor, la conciencia le volvió en sí. Me apartó con firmeza, mientras repetía que no estaba bien. “Eres como mi hermana, no podemos hacer eso”. Intenté besarlo nuevamente, pero la decisión había sido tomada. “Lo siento Liz, será mejor que me vaya”. Así lo hizo, se marchó dejándome claro que no volvería a suceder otra vez.
Seguimos siendo amigos, fingimos que aquella noche solo fue un momento de debilidad, al menos él lo hace. Yo me resigné a amarlo en la distancia, esperando que quizá algún día nuestra historia de un giro inesperado.
– Sue FC –