Nunca me ha gustado la lluvia, pero estaba tan acostumbrada a ella que no recordaba cómo era el sol. Hacía mucho tiempo que me dedicaba a mirar esas pequeñas gotas deslizándose frente a mí, cargadas de frustraciones, falsas promesas y deseos no cumplidos. Nunca entendí cómo le hacía la gente a mi alrededor para bailar en ella cuando yo sólo podía caminar bajo tormentas, entre los truenos y relámpagos, sumergida en mis propios pensamientos. Intentando surcar charcos que pronto se convertirían en olas gigantescas imposibles de surfear.
Me pesaba el cuerpo entero, pero no tanto como el corazón. Tal vez porque nunca fui buena para dejar ir aquello que me mantenía estancada, desde rupturas amorosas e injusticias cometidas hasta metidas de pata y momentos bochornosos. Olvidé el sonido de la risa y el sentir de la alegría, ambos convertidos en recuerdos nebulosos, extraviados en un mundo paralelo o robados por un viejo conocido.
Sumando a eso el exceso de futuro, mejor conocido como ansiedad, añoraba poder recuperar la paz en el sentir. Probé con algunas pastillas pero acabé cayendo en la bebida, intentando sin éxito ahogar las penas en un camino equivocado. Extrañaba sonreír y disfrutar el porvenir, tenía tiempo que lo único que recordaba era la lluvia que brotaba a chorros por mis ojos. Lágrimas, me parece que les llaman.
Oh vaya, ¿qué es esto?, ¿por qué se siente tan bien?, ¿cómo dices que se llama? ¿Abrazo? Hace rato que no me daban uno de esos, creo que empiezo a ver un rayo de esperanza asomándose a lo lejos. Aún puedo ver la lluvia, pero viene acompañada de un bello aro de colores que iluminan el grisáceo de un cielo atormentado. Comienzo a comprender, que lo malo era algo pasajero. Sé que no es fácil salir adelante, pero con un poco de ayuda, lo que parece imposible se vuelve posible.
– Sue FC –