La despedida

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Nunca fui bueno para las despedidas y cada que podía las evadía, así había sido siempre, al menos desde que supe que mi padre enfermó y al poco tiempo murió, no tuve el valor para ir a verlo ni siquiera estar con él en sus últimos días, dejé el peso sobre los hombros de mi madre y mi hermana. Lo sé, fui egoísta pero el hecho de despedirme de quien fue mi mejor amigo toda la vida era algo que simplemente no podía soportar, me excusé detrás del trabajo y sin darme cuenta me sumergí en él. 

En mis relaciones amorosas sucedía lo mismo, evitaba las formalidades, sabía que tarde o temprano la ruptura sucedería, era inevitable, problemas, peleas, carencias de compatibilidades, etc. Salía con chicas por diversión, una noche y nada más, saciaba mis instintos primitivos y antes de que amaneciera me marchaba sin dejar huella. Quizá habría sido “lindo” de mi parte explicárselos antes de algo sucediese, pero tampoco tenía el valor de hacerlo. Así que trataba de hacerles pasar un día, tarde o noche inolvidable y después desaparecía sin decir adiós.

Aborrecía tanto las despedidas que inclusive en las reuniones sociales o de trabajo, me iba con el mismo sigilo con el que llegaba, pasaba el rato, bebía un poco y simulaba convivir, en cuanto me aburría o surgía algo mejor en que emplear mi tiempo, emprendía un nuevo rumbo.

Siempre quise una mascota, un perro o gato, pero como ya se lo imaginarán, mi animal de compañía no viviría por siempre, eventualmente seguiría los pasos de mi padre y se iría, y yo me quedaría solo, tendría que despedirme y lidiar con un vacío que no quería ni necesitaba. Así que me quedé con las ganas de adquirir un animalito, pero de vez en cuando visitaba un refugio de perros rescatados y jugaba con ellos.

De no ser por mi hermana, mi vida habría continuado con el ritmo al que estaba acostumbrado, en solitario y sin despedidas, tal y como lo había planeado. Llegó sin previo aviso a mi departamento, con su hija recién nacida en brazos para darme la noticia. Había heredado la enfermedad que mató a nuestro padre, tenía los días contados. Mi hermana era madre soltera, el novio era tan imbécil como yo y se marchó sin dejar rastro, cuando su hija nació me nombró sin preguntarme como su padrino y ahora había venido a recordármelo.

Traté de negarme, hacerle entender que era la peor opción para hacerse cargo de la niña, pero no tenía a nadie más, mamá perdía la cordura cada día y su edad no le permitiría estar el tiempo suficiente con la chiquilla. Confesé con vergüenza mi pudor hacía las despedidas y ella a su vez me dijo aquello que me cambiaría la vida “las despedidas no significan adiós, sino hasta pronto”. 

Sus palabras me cayeron de golpe, como un electroshock a un recién fallecido y me trajeron de vuelta la paz y la vida, me arrepentí por todas las veces que dejé ir una oportunidad por miedo. Y cuando llegó el día en que mi sobrina se mudaría conmigo, prometí estar a su lado sin importar nada, brindarle la compañía que no le di a mi padre, el amor que no le di a las chicas de una noche y el compromiso que nunca tuve con una mascota. Pero sobre todo le hablaría de su madre, la mujer de la que no se pudo despedir.     

– Sue FC –

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