El abuelo jamás me dejó jugar con la casa de muñecas, “son frágiles” decía, “vas a romper algo” repetía. Para una niña de mi edad resultaba bastante frustrante, con esos bonitos vestidos y muebles miniatura, era imposible que no me sintiera atraída hacia ella. Sí, sí, el abuelo me compraba cientos de juguetes para que me mantuviera entretenida, pero ninguno parecía tan mágico como esa casa de muñecas.
Estaba obsesionada con ella, me escurría de los ojos vigilantes de mi nana durante el día, entre rabietas y pucheros. Por la noche en cambio, debía resignarme a imaginarla, si bien pude buscar la forma de hurtar la llave, jamás me arriesgaría a tentar a Koa, la serpiente que el anciano soltaba, o al menos eso me dijo.
Pocas veces podía dormir de corrido, las pesadillas me tomaban por sorpresa. Siempre eran las mismas, dos mujeres casi invisibles, vagando por los pasillos hasta que llegaban a la casa de muñecas, las seguía en silencio, las veía divertirse, las escuchaba reír pero cuando trataba de unirme al juego un grito ensordecedor me dejaba aturdida, haciendo que despertara sobresaltada y una vez que abría los ojos era prácticamente imposible que volviera a conciliar el sueño, entonces imaginaba. Imaginaba la hermosa casa de muñecas, imaginaba las historias dramáticas que recrearía con ellas, imaginaba la razón por la que el abuelo no me dejaba tocarlas. No se veían tan frágiles, no como mamá el día que murió, no como la abuela la noche que enfermó.
En alguna de esas ocasiones, llegué a pensar que las dos mujeres eran mi madre y mi abuela, que sus espíritus estaban atrapados entre esas paredes, por eso mi abuelo no me dejaba jugar con ellas, para que no se fueran, para que no lo abandonaran por completo.
Tiempo después, cuando el abuelo falleció y heredé todas sus posesiones, finalmente pude comprobar que no era más que un juguete buen cuidado, sin embargo pasarían muchos años más, antes de que me percatara del nuevo habitante de la casa de muñecas.
– Sue FC –