Jamie

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Jamie Anderson, era la clase de chico que todas tus amigas te aconsejaban evitar pero que en secreto deseaban. Extrovertido, coqueto, fiestero, despreocupado y terriblemente atractivo. Poseía una sonrisa perfecta, de esas que imitan en los comerciales de pasta dental, una mirada tan intensa que te quitan el sueño más que diez tazas de café y un cuerpo esculpido por el mismísimo Miguel Ángel Buonarroti. Era el chico que ninguna madre quiere para su hija, sin planes para el futuro y un nulo interés por el colegio, andaba en motocicleta y no conocía las reglas. 

Era la envidia de todos los chicos que conocía, no solo era guapo, también carismático y un conquistador empedernido, solían verlo en los clubs con una chica diferente cada noche, todas ellas tan hermosas que bien podrían ser modelos de revistas. Siempre era el centro de atención, quizá no intencionalmente pero su personalidad era magnética, si tenias la suerte de estar en su círculo de amigos, podías tener la seguridad de pasar un rato divertido, contaba con un sinfín de historias en su repertorio.

Creía firmemente que todas las escritoras que conozco se inspiraron en él para los galanes de sus novelas, el chico malo, el patán indomable, el amor prohibido. Aquel que jugaba con los sentimientos de todas las mujeres a su alrededor pero que al final caía rendido ante los encantos peculiares de la protagonista. Deseaba con todo mi corazón ser esa chica, la que lo hiciera cambiar para bien, la que le demostrara que el amor todo lo puede, la única a quien él estaría dispuesto a entregar ese indiferente corazón y le devolvería los latidos y sentido a su existencia.

Mi deseo se cumplió a medias, si fue mi gran amor pero también mi perdición, lo amé cada segundo que pasamos juntos. Compartimos noches apasionadas y días irrepetibles. Fuimos eso que no le puedes contar a tus amigas e hicimos aquello que no le puedes contar a tu madre. 

Como todo ser humano, poseía miles de defectos, para mí, el peor de todos era el mismo que más me amaba: su espíritu libre. Uno que no puedes mantener en una jaula entre los barrotes de una relación porque moriría lentamente hasta que no quedara más de él. Tenía la plena certeza que ni el amor más profundo podría cambiar esa esencia aventurera, así que no tuve más remedio que abrirle la puerta y dejarlo partir. 

Jamie Anderson era de esos amores que aunque creyeras haber dejado atrás no podrías superar, cuyo último beso desearías que apenas fuera el primero. Era la clase de chico cuya ausencia pesaba más que su presencia.

– Sue FC –

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