Hay diferentes tipos amores, pasajeros, baratos, de verano, de papel y dicen por ahí que también existe el amor de verdad, el que es para siempre, ese que es incondicional, del que hablan en las bodas, que está en las buenas y en las malas, en la salud y enfermedad, riqueza y pobreza … puras patrañas.
Ja, no me veas así, no soy una vieja amargada que quiere arruinarte la esperanza. Yo también fui como tú, ingenua y crédula. No te rías que es verdad, no siempre fui así, alguna vez creí en el amor eterno, en las historias felices y cuentos de hadas, pero la realidad, esta maldita realidad en la que vivimos te fuerza a ver las cosas como son y cuando no entiendes por las buenas lo haces por las malas.
Estuve casada ¿sabes?, conocí a mi ahora ex-esposo por amigos en común, no era el guapo del grupo eso sin duda, tampoco era rico ni el centro de atención en las reuniones, yo diría que era más común que las tortillas. Pero a mi me gustó, no sé si fue por sus temas de conversación o la forma en que me trataba cuando empezamos a salir, después de haber salido con tanto imbécil una aprende a valorar la caballerosidad.
Durante nuestro noviazgo la relación se volvió como dicen ahora los jóvenes “tóxica”, rompíamos y volvíamos más rápido que los cambios de estación, supongo que me acostumbre a eso, sentía mi reloj biológico perseguirme como perro rabioso y opté por continuar con esa relación ya trabajada en lugar de empezar desde cero con alguien más. Quería ser madre, tener una casa, dos gatos y una familia tradicional como la que tuvieron mis padres. Además estaba convencida que ese novio bipolar era el amor de vida, no importaba cuántas veces termináramos, el destino siempre volvía a juntarnos de alguna forma. Era mi hilo rojo.
Tras la última reconciliación, en un arranque de emoción decidimos casarnos muy a pesar de lo que mi familia pensaba. “Esa relación no va a llevarte a ningún lado”, decían, “van a terminar antes de casarse”, repetían. “Malditos envidiosos”, pensaba. Además yo estaba segura que el ser padre le asentaría la cabeza y haría emerger al príncipe azul que dormitaba en su interior. No fue así, los siguientes dos años serían una auténtica pesadilla, el primero comenzó a golpearme al llegar ebrio del trabajo, exigiendo tener sexo. Me rehusé. No quería mi hijo fuera concebido por la fuerza, si iba a ser madre el bebé tendría que ser fruto de amor, no de la violencia.
El segundo año le puse un alto a sus ataques de ira, amenacé con dejarlo y al ver mis maletas juró cambiar, durante un tiempo lo hizo, fue a terapia o eso me decía, tiempo después descubriría que si iba con una psicóloga, pero para acostarse con ella. Mi hermana mayor me dijo que lo dejara, pero al saber que estaba encinta me negué, aferrándome a salvar una relación más podrida que el jamón del refrigerador.
Perdí al bebé poco antes de navidad, con cada golpe que mi marido me daba me di cuenta que ese hilo rojo en realidad debía ser negro, o bien no existía y de haberlo hecho tenía que cortarlo de un tajo al igual que la garganta de ese infeliz. Y sí, por eso estoy aquí, espero haberla ayudado con su reportaje señorita, ande, váyase con cuidado y por favor, envíeme una copia de su artículo cuando salga en el periódico de mañana.
– Sue FC –