“¡Mamá, mamá! Corre, el monstruo ha vuelto”, gritó Matías aterrado.
Al igual que las últimas tres semanas, cuando su madre acudió al llamado, el monstruo había vuelto a su escondite entre las sombras.
“No hay nada ahí, ¿lo ves?”, decía ella, era sólo su chaqueta, una manta que se cayó, un juguete mal acomodado, o alguna otra coincidencia, después de encender la luz, el armario volvía a estar vacío y nada se encontraba bajo la cama.
Noche tras noche, el pequeño clamaba auxilio a su madre, era la única que se tomaba la molestia de ir a revisar cada esquina, para comprobarle que ningún ser extraño trataba de hacerle daño. Su padre por otra parte, se molestaba, decía que estaba grandecito para seguir creyendo en esas tonterías; al principio le permitió dormir con la lámpara encendida, pero toda vez que la situación contraria a mejorar seguía empeorando decidió tomar medidas extremas.
Convenció a la madre de dejar de mimar al chiquillo, prometiéndole que si por una noche lo dejaba solo, el niño comprobaría que solo era su imaginación. Como era de esperarse, al pasar la media noche, Matías empezó a gritar, tanta fue su insistencia que su padre fue quien respondió al llamado, manteniendo la decisión de acabar con dicha situación.
“Basta Matías”, exclamó furioso, “ya es hora de que crezcas, mira es solo tu ropa sucia”, levantó la ropa y después de agitarla, la aventó de vuelta al cesto, dejando la manga de una camisa colgando de este. “Si vuelves a gritar vendré con el cinturón”, amenazó el hombre con el estómago aún revuelto por el coraje y sin decir una palabra más, salió de vuelta a su habitación azotando la puerta tras él.
Asustado por la advertencia de su progenitor, el niño se escondió bajo las sábanas, abrazando a su osito de peluche, mordiéndose la lengua para no gritar víctima del miedo. Tras pensarlo unos minutos, Matías llegó a la misma conclusión que su padre tiempo atrás, ya era tiempo de crecer, estaba cansado de estar asustado cada noche.
Decidido, se levantó de la cama para enfrentar su miedo de una vez por todas, con paso tambaleante se acercó al cesto de la ropa sucia, se aseguraría por si mismo que era sólo ropa y no había nada porque temer, estiró la mano, pero antes de tocar la camisa, algo lo mordió.
– Sue FC –