Una vez tuve alas, siendo niña las use para volar a cualquier rincón de mi imaginación, entre unicornios y arcoíris, transformándome en hada princesa, doncella encantada y hasta super heroína. Soñando con el mañana, disfrutando el ahora. Conversando con los animales y planeando travesuras con mis amigos imaginarios y no tan imaginarios.
En la adolescencia mis alas tomaron forma y agarraron fuerza preparándose para la siguiente fase de nuestra transformación. Practicando técnicas de vuelo que me ayudarían a sobrepasar el cielo cuando fuera mayor. Volé entre libros y romances inocentes. Paseando en las nubes mientras fantaseaba con mi futuro ideal.
Entre la juventud y la adultez, mis alas estaban al fin listas para surcar cielos, mares y océanos en busca de nuestros sueños. Competí y conocí a otras mujeres aladas, aprendiendo una de la otra, ayudando a aquellas que no sabían qué podían volar, siendo apoyada por las que llevaban más tiempo volando, perfeccionando mi técnica de aterrizaje y despegue.
Al ser madre, le di un nuevo uso a mis alas, como protectoras de sueños, consoladoras de tristezas, resguardando al fruto de mi vientre de dudas y temores. Sacrificando con gusto cada una de mis plumas para verla crecer sana y fuerte pero sobre todo feliz. Depositando en ella consejos y experiencia adquirida de mis mejores tiempos, para que tomara aquello que le resultara de utilidad, consciente que ella debería aprender a volar a su ritmo y bajo sus términos. Pero siempre me tendría aquí para lo que necesitase.
Una vez tuve alas, ahora tengo escoba y planeo seguir volando.
– Sue FC –